Por Gabriel Pacheco 8 de febrero de 2026, 8:00 AM

El temblor que sentido en gran parte de San José la tarde del 19 de enero permitió confirmar y mapear la existencia de una falla tectónica en el corazón de la capital. 

La falla Otoya atraviesa el centenario barrio josefino, pasa por sitios emblemático como el Parque Nacional, la Plaza de la Democracia e incluso la Asamblea Legislativa.

A diferencia de otras fuentes sísmicas, esta es bastante superficial. Está entre 3 a 5 kilómetros de profundidad, en contraste con otros procesos geológicos que ocurren desde los 10 hasta los 30 kilómetros de profundidad. 

Por eso, el doctor en ingeniería sísmica e investigador del laboratorio homónimo de la UCR, Diego Hidalgo Leiva atendió a Teletica.com y aclaró por qué es importante monitorear esta falla de cara a la afectación que pueda tener un sismo en las estructuras de la capital y si una construcción con el código sísmico vigente sería capaz de soportar un movimiento telúrico provocado por esta.  

Sabemos que en un temblor, entre más cerca esté la estructura de la fuente, será más afectada. ¿Por qué?

En Costa Rica estamos muy acostumbrados a sismos de gran magnitud que se originan, sobre todo, en zonas de subducción. Recordemos el sismo de Sámara o lo que se ha hablado de un posible evento en la zona de Golfito en los próximos años.

Las ondas sísmicas recorren grandes distancias. La subducción ocurre en el contacto de placas y, solo por la profundidad de ese contacto, hablamos de 20 o 30 kilómetros entre la ruptura y la superficie.

En cambio, los sismos que hemos percibido recientemente en San José son muy superficiales. Se originan en la parte alta de la corteza, a profundidades de entre 3 y 5 kilómetros. Entonces, el comportamiento de la propagación de las ondas, desde la fuente hasta la superficie, depende de ese recorrido.

¿Qué cambia en ese comportamiento?

Entre menor sea el camino, menor es la atenuación de las ondas sísmicas; es decir, la energía llega más directa a la superficie. Al llegar de forma más directa, el comportamiento en la respuesta de los edificios es ligeramente distinto.

Cuando el sismo es lejano, el movimiento es menos impulsivo, menos drástico. Pero cuando es cercano —como reportaron vecinos de Los Yoses y San Pedro— se percibe un golpe inicial fuerte, porque estamos muy cerca de la fuente. Esa es energía de alta frecuencia o de periodo corto, típica de sismos locales.

¿Qué implica eso? Hay personas que dicen que, comparado con sismos de magnitud 7 u 8, uno de 5 no debería preocuparnos. ¿Realmente es así?

Yo siempre le digo a la gente que debemos estar muy alertas, sobre todo en zonas de alta densidad poblacional. El último sismo de gran magnitud cerca de una ciudad fue el de Cartago en 1910. Desde hace más de 100 años no tenemos un evento considerable tan próximo a un centro urbano.

El centro de San José tiene edificios de 40 o 50 años o más.

Entonces, aunque un sismo sea de menor magnitud, al estar cerca de la población puede generar intensidades —niveles de aceleración del suelo— comparables o incluso superiores a las de sismos grandes lejanos.

Un ejemplo: lo que percibimos en San José con el sismo reciente de magnitud cercana a 4.2 fue similar a lo que se sintió aquí durante el de Cinchona, que fue magnitud 6, pero más lejano.

Entonces, ¿un sismo de magnitud 5 sí puede resultar peligroso?

Un sismo de magnitud 5 dentro de la ciudad no es enorme en tamaño, pero al estar tan cerca la energía llega más rápido y puede afectar estructuras, especialmente las mal construidas, mal diseñadas o antiguas que no cumplen la normativa sísmica. Ahí es donde debemos poner atención.

Incluso edificios no tan altos podrían verse comprometidos por la cercanía a la fuente. Los edificios altos vibran y se mueven, pero en términos generales no esperaría fallas o colapsos ante sismos tan cercanos.

 Si analizamos edificios patrimoniales antiguos en San José, ¿es posible que exista daño estructural con un sismo así?

Sí, puede haber daños. Por eso es tan importante hacer revisiones constantes con normas actualizadas. El Teatro Nacional, por ejemplo, pasó por un proceso de reforzamiento estructural hace algunas décadas para adecuarlo, porque fue construido con materiales y criterios previos a la normativa sísmica moderna.

Eso no significa que no pueda sufrir daños, sino que se busca que cumpla con lo que hoy exige la norma.

Siempre hablamos en términos probabilísticos, porque influyen muchas variables: tipo de suelo, orientación del edificio, sistema constructivo, entre otras. Podrían darse daños menores, no de colapso, pero sí afectaciones.

San José tiene muchos asentamientos informales y remodelaciones sin supervisión. ¿Qué zonas o estructuras están en mayor riesgo ante un sismo en fallas urbanas?

Me preocupa mucho, por los estudios de riesgo que hemos hecho en el Laboratorio de Ingeniería Sísmica, el comportamiento de estructuras de uno, dos o tres niveles. 

Nuestros instrumentos registraron mayor amplificación en este tipo de edificaciones durante los sismos recientes.

Especialmente preocupan las construcciones informales: viviendas a las que se les agregan niveles porque la familia creció o se necesitaba más espacio. Es una realidad en toda Latinoamérica, pero ese crecimiento vertical muchas veces no tiene respaldo de ingeniería.

¿Qué podríamos ver en estas estructuras?

 Desde daños leves, en el mejor escenario, hasta riesgos a la integridad física de quienes habitan esas estructuras en eventos más fuertes.

Cuando se construye sin estudios ni supervisión, se pone en riesgo a las personas y su patrimonio. Nuestros análisis indican que en zonas de construcción informal podrían presentarse daños mayores a los deseables.

El código sísmico en Costa Rica ha permitido resistir muchos sismos. ¿Cómo se diseña? 

El Código Sísmico, desde su primera versión en 1974, es elaborado por un comité de expertos en ingeniería sísmica, estructural y materiales. Su objetivo es garantizar un nivel de seguridad acorde con lo que la sociedad espera tras un evento sísmico.

Se realizan estudios de amenaza sísmica que definen el “sismo de diseño”: el evento para el cual una estructura debe proteger la vida de sus ocupantes. Se espera daño, pero controlado y no un colapso súbito.

El código se actualiza cada 10 o 15 años, incorporando nueva evidencia, mejoras en materiales, procesos constructivos y conocimiento de la amenaza sísmica.

Un ejemplo claro: antes de 2002, Limón era considerada zona de baja sismicidad. El terremoto de 1991 cambió esa clasificación a sismicidad moderada. Así, nuevos eventos pueden modificar la zonificación y las exigencias constructivas.

¿Pero el Código está preparado para contemplar un sismo con las características que hablamos?

Los estudios de amenaza simulan miles o millones de escenarios posibles. No diseñamos para un sismo específico, sino para múltiples fuentes, magnitudes y distancias. En principio, deberíamos estar preparados.

El problema es que muchas fuentes sísmicas no son visibles. En países con poca erosión se identifican fácilmente; en un país tropical como el nuestro, la evidencia se borra rápido. Y si hay una ciudad encima, es aún más difícil.

Por eso dependemos de la instrumentación: redes sismológicas que registran microeventos y permiten perfilar las fallas activas a mediano y largo plazo.

¿Quién debe tomar acciones preventivas ante fallas urbanas?

La prevención debe coordinarla el Estado, idealmente a través de la Comisión Nacional de Emergencias, cuya ley no solo contempla atender emergencias, sino prevenirlas.

Pero debe trabajar de la mano con los gobiernos locales, que son el último filtro para evitar construcciones fuera de norma. El Colegio Federado de Ingenieros y de Arquitectos hace esfuerzos, pero la construcción informal solo puede frenarla la municipalidad.

Se requiere articulación institucional, liderada por gobiernos locales presentes en las comunidades, que velen por el ordenamiento territorial, eviten construir en zonas de riesgo —ribereñas, inundables o cercanas a fallas— y controlen la informalidad constructiva.

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