Estos guardianes del tiempo mantienen vivo el arte de la relojería en San José
Con más de 50 años en el oficio, don Enrique y don Manuel defienden la relojería como un arte que honra la memoria y la tradición.
En pleno corazón de San José, entre calles que han visto pasar generaciones, existe un lugar donde el tiempo no se detiene, sino que se repara. Se trata de la relojería Julio Fernández, un taller donde el tic-tac de cada pieza resuena como un pequeño milagro. Ahí, don Enrique Barboza y don Manuel Mondul no solo arreglan relojes: devuelven vida, memorias y sonrisas.
Don Enrique es relojero desde 1978. Autodidacta, aprendió con paciencia, observando, desarmando y volviendo a armar. Décadas después, ha reparado desde relojes Cucú hasta piezas que un día llevaron expresidentes. “Cada reloj tiene su carácter”, cuenta con una sonrisa. Para él, no se trata únicamente de engranajes, sino de historias detenidas que esperan volver a andar.
A su lado trabaja don Manuel, con más de medio siglo en el oficio. Siempre con su lupa colgando del cuello, se mueve con una precisión casi quirúrgica. Pero su legado va más allá de la reparación: también enseña, comparte sus conocimientos y forma nuevas manos que continúen haciendo andar el tiempo.
Ambos coinciden en que la relojería es un arte que debe preservarse. En un mundo donde lo desechable gana terreno, ellos prefieren restaurar, cuidar y rescatar lo que todavía tiene vida. Como dicen, un reloj antiguo no solo da la hora: guarda la historia de quien lo llevó.
Vea el reportaje completo en el video que está en la portada del artículo.